Los
perros de guardia
Se
trata de perros escasamente sociables, muy desconfiados, que en la defensa
asumen el papel pasivo (por reacción, más que acción). Protectores del
territorio, antes que de las personas. Dentro del espacio a su guarda, los
ejemplares de este grupo se muestran recelosos, inclusive para con la
familia del dueño, pero nunca agreden sin advertencia previa. Al advertir
la presencia de un intruso, buscan alejarle del territorio a su cuidado
(la huida los conforma) y, como tienen resto, preferirán no morder. En la
función de custodiar bienes son óptimos e insobornables.
Los
perros de guarda se distinguen por su temperamento vivaz -aunque serios-;
no es necesario que posean un gran temple, pero sí condiciones para la
vigilancia, más agresividad que combatividad, y autonomía de
resolución, pues han de cubrir servicios a solas, sin un hombre
conduciéndoles u ordenando el proceder en la emergencia.
Una
creencia corriente -tan manida como de equívoca consecuencia- es la de
que, para cumplir bien su labor, el perro de guardia debe estar totalmente
aislado, sin ningún contacto con el mundo exterior, encerrado durante el
día en un canil o atado a la cadena y liberado a la noche. Yerro
gravísimo: El perro aislado, marginal -cualquiera fuese su raza o sexo-,
se convierte en un individuo neurótico, angustiado, que agrede por temor
y en detrimento de obrar con inteligencia, medida y efectividad.
El
cave canem inscripto en aquel mosaico de Pompeya, previniendo al extraño
que sería mordido de trasponer los límites de la casa, alude al típico
perro de guardia de la época, un mastín pugnace 3, a juzgar por el
dibujo del cartel (el de un moloso negro, con orejas recortadas en
triángulo, provisto de carlanca -collar de clavos- y sujeto a una cadena
de eslabones rectangulares).
Los
perros de defensa
A
diferencia de los perros de guardia, el can apto para la función
defensiva (y eventualmente le ataque) se distingue por su actitud generosa
y sus lazos de extrema amistad con el hombre, al que tienen por
indiscutible líder de jauría.
Vale
pues una observación: Los caninos constituyen una especie social por
antonomasia, pero en tanto los de guardia lo son menos,
circunstancialmente, los de defensa conforman el grupo de socialización
forzosa o casi (tendencia habitual e instintiva) de ahí el reconocimiento
jerárquico y su sentido del orden que dichos cachorros reciben en la
impronta (conducta aprendida entre las tres y siete semanas de vida, y que
muchos ethólogos remiten al mismo nacimiento).
En
estos perros, pues, la defensa asume un rol activo, propensión que los
capacita a afrontar cualquier amenaza hacia el humano amigo o,
inversamente, a combatir contra perros y humanos "de otra
jauría".
Su
disponibilidad a convivir o a subordinarse al hombre, a estar junto o en
medio de la gente, puede sorprender al neófito. La jauría atávica,
reforzada por la impronta, es la explicación. Y que, de ser necesario,
confronte con el ajeno (a la familia, a ésta como jauría), queda
explicado en el mismo axioma de protección grupal. Incluso el perro
podría volverse en contra de quién, con anterioridad, estaba
familiarizado y unido a él...porque, en toda jauría, el grado de líder
no es inamovible, ni se hereda, debe demostrarse de continúo, y las
vacilaciones o las órdenes contradictorias del humano dominante suelen
desencadenar luchas por el poder, por el ejercicio del mando (sólo no
ocurrirán tratándose de un pésimo perro, miedoso y, obviamente, poco
confiable para la defensa de la familia-jauría).
De
lo expuesto se desprende que la dote más importante en los perros de
defensa sea el equilibrio psíquico. Animales locos, mordedores, no
sirven; como perjudica a la policía y a la sociedad el mantener en la
institución los llamados "gatillos fáciles".
El
Dobermann, raza sobre la cual recaen numerosas fantasías, resulta en
realidad un perro de defensa muy equilibrado (aunque de rápidas
reacciones y siempre vigilante). Más aún, ethólogos reconocidos 4 nos
dicen que, "respecto a lo que fue hace tres décadas, el Dobermann
perdió carácter, es hasta demasiado manso; funciona con los ladrones por
el mito de lo que era, y porque, al perder su potencial pero conservar los
propósitos de crianza, se hizo ladrador incorregible y constante
vigía". Adiestrado, empero, continúa prestando interesantísima
utilidad: por su inteligencia, rapidez de aprendizaje y fidelidad a la
familia (jauría a la que pertenece).
En
suma, un buen perro de defensa reunirá las siguientes cualidades:
serenidad y capacidad de asimilación -para soportar eventuales daños o
castigos durante su accionar-; poseer buen oído, olfato, presteza,
acometimiento, postura atenta e intuición -a fin de no alertar al dueño
innecesariamente o a causa de estímulos distantes, creando un estado de
tensión en aquellos a quienes custodia-; ser dócil, sociable y no
demasiado agresivo -para acompañar al amo en las diversas circunstancias-
y, por cierto, fiel y animoso al cumplimiento de las tareas que se le
encomienda. Un perro-herramienta, además de camarada de afecto y destino.
Consideraciones
Generales
A
esta altura del texto, el lector comprenderá los motivos de la mayoría
de los casos en que amos son agredidos por su propio perro, y lo peligroso
de destinar razas a funciones inconvenientes o elegirles conforme una
moda, o porque algún amigo se compró uno así o, simplemente, porque nos
gusta el aspecto (estética influenciada por la cultura, las costumbre
zonales y los consiguientes prejuicios).
Forma
parte de la responsabilidad de los criadores el seleccionar para
reproducir únicamente a ejemplares equilibrados, descartando los
nerviosos, hiperagresivos e insociables (en relación a su raza); no menos
que los cobardes, muy tímidos y neuróticos. Y recién en segundo lugar,
por look. El criterio de las exposiciones, premiando según apariencia
física y la elegancia (pura convención y absolutismo cambiante, cuando
no inclusive obra de oscuros intereses), condujo a muchas nobles razas a
su decadencia -funcional y anatómica- o en la distorsión,
tranformándoles en perritos de adorno, con pelaje de show, conducta de
pista y, en casa, histéricos incorregibles. Quien descuide el carácter
de los reproductores no hará un buen aporte -que debería ser
obligatorio- a las razas de guardia y de defensa.
Igual
proceder habría que seguir ante el posible nuevo propietario: evaluar si
hay correspondencia entre él -y su familia, entorno y formulaciones de
rol canino- y la raza que criamos y le venderemos. El lugar adonde irá,
incluidos los dueños -como modelo psicológico y la convivencia
respectiva- también es responsabilidad del criador.
Equivocación
común ha sido hasta ahora el que la gente adquiera perros para la defensa
personal, como el Dobermann o el rottweiler -por ejemplo-, y luego los
destinen a la guardia de su casaquinta o los abandone en el jardín,
convirtiéndoles en "atrapaladrones"; ciertamente, mejor
adquirir una alarma electrónica, que no sufre o, de fallar, no muerde a
los amigos o familiares.
Las
razas de defensa nacen -y deberían vivir- para defender al amo, como su
definición lo indica, y no ocuparse en guardias desvirtuadoras; de
requerirse tal servidor, buscaremos un mastín, un bullmastiff o el que
más nos convenga y con la garantía de dos milenios de roles
específicos. La una, en estrecho contacto con el hombre; la otra,
custodiando el terreno de su vivienda o industria.
Recordemos,
entonces, que el perro integrado al territorio se vuelve autónomo del
hombre (protector, pero de bienes y haciendas); el de defensa, en cambio,
cuida los campos y cosas...indirectamente. Funciones distintas que impiden
confundir las razas o asignarles trabajos fuera de su condición de
género y gimnasia histórica
Citas
1
Mario Perricone
2
Fritz Humel
3
Bruno Campanella
4
Enrique César Lerena de la Serna
Acotación
Bibliográfica
Marcel
Uzé, Carl Semenic y Edwaed Finnegan, así como artículos publicados por
el autor